En tiempos de platos diseñados para la cámara, hay algo profundamente reconfortante en un sánguche de miga frito servido en plato playo con servilleta de papel. Dorado, inflado, con queso rallado nevado por encima y una aceituna verde clavada con escarbadientes, como una bandera en la cima del Everest.
Una especie en extinción
El sánguche de miga frito es patrimonio de una Buenos Aires que va quedando chica: la de las rotiserías con mostrador de vidrio, los cafés de barrio y las bandejas del cumpleaños. Freír una miga parece un exceso hasta que lo probás: el pan se vuelve crocante por fuera y el interior se funde en una sola cosa caliente con el jamón y el queso.
No es liviano. No pretende serlo. Es una comida de otra época que sobrevivió por la única razón válida: es demasiado rica para desaparecer.
Por qué importa
Lugares como El Bocadito no están "rescatando una tradición" como estrategia de marca. Simplemente nunca dejaron de hacer lo que hacían, y el tiempo les terminó dando la razón. Mientras las modas gastronómicas giran cada dos años, la fórmula de la miga frita no se tocó: pan, jamón, queso, aceite caliente, aceituna.
Si nunca comiste uno, andá antes de que el último mostrador apague la freidora. Y si ya sos de la casa, no hace falta que te digamos nada: ya sabés lo que se siente cuando llega el plato.



